martes, 18 de marzo de 2008

Prólogo

“Lo que no está en plena calle, es falso, inventado, es decir, literatura”
Henry Miller


Explicar la escritura es un intento vano, ya que nadie puede leer el intento de escritura de un otro, sino que creará su propio texto haciendo su unívoca lectura. Pero sí tengo la necesidad de transmitir que me pasa frente a la tan mentada hoja en blanco, o qué con el oficio de escribiente o para decirlo mas analíticamente con esa compulsión por el acto que no cesa de no escribirse.
Si bien cae por lo dicho que el acto de escritura es un imposible, que solo se justifica por el placer del acto en sí y no por el de la transmisión. Hay una necesidad de justificar la empresa, esto es: Ajustar la escritura a lo real. Un real concebido sin adjetivos, ni juicios de valor. Real como un mero tajo en el filón de la historia, una Raja, como diría Henry Miller, que se abre sin pasiones entre un irreal y otro irreal, entre la ficción del pasado que solo se realiza en tanto recuerdo y la ficción del porvenir del cual no podemos afirmar más que su azar. Una rueda que gira sin destino pre concebido. Ahí la literatura o literaturra, como Raúl García osaba llamarla.

Entonces los textos, entonces los Personajes.

En el Libro de Arena, donde el otro Collado juega a ser una especie de Pierre Menard. Una amante que odia a un viejo y eterno, quizás por eso siniestro, objeto amado. Maiakovski, el poeta, partiendo su vida al ser desterrado de la siempre ilusión del amor, representada como una mentira o mejor como una promesa que jamas terminará por cumplirse. Kerouac, traicionando su nomádico estar en él camino, para estar parado en ningún camino colgado de una botella, porque tampoco hay camino posible. Porque él, como Maiacovski, son perros después de una lluvia de perros. Perros a los cuales la lluvia despojo de sus olores de una lluvia de perros. Perros a los cuales la lluvia despojo de sus olores de perros, perdidos ya en un territorio que no les pertenece porque no es reconocido como tal. Después insiste Beckett, perdido en el azar de los dados del universo, en el azar del antojo de un nadie que intenta, intentó, intentará, hundir una daga para rajar las carnes, tajo entre el pasado y el porvenir. Un nadie, mendigo beckettiano esperando al “Godot – Dios” del azar, y un “pajarraco - fantasma - Becket” rondando la ciudad de Dublín, verde, sangre y bruma, intentando una y otra vez lograr, comprobar diría, que los sucesos ocurridos pueden ser recurrentes porque el azar lo considera.
Aunque el otro Collado, no yo, grita que la casualidad no existe, que el azar no existe, que las constelaciones estelares que justifican los hechos no existen, como no existen ni el amor, ni la revolución, ni el psicoanálisis, ni la ciencia; ni la religión, primer bastión perdido; todas meras ilusiones para evitar enfrentarnos con la realidad darwineana, con esa única certeza que es la existencia del Animal Humano. Animal desterrado de la ilusión, mero parlante, caja de carne sonora que repite ecos ancestrales y juega a adivinar el residuo de los códigos de una comunicación inexistente. Otros ecos de similares parlantes congéneres. Insistencia imposible. Necesaria ilusión de comunicación para evitar el nomádico y anárquico caos.
Y fue Beckett para ser la jaula de Ezra Pound, miserable compartimento al cual es conminado. Un actuante perdido en los pliegues del tiempo; memoria Alzheimer; por su propio engendro represor que no pudo haber no nacido, un ser que no pudo evitar su ser. Lo bueno es no haber nacido, el bien se logra con la muerte, repiten los congéneres becketianos. Pero Pound, el niño, el viejo, el preso, al final muestra un logro posible, la ultima esperanza del Collado que empiezo a ser: La carne eco del pensamiento; con un cuarto de cerebro, si es posible, sin nada de él si es posible; con el culo tajeado por los bordes de una lata en la cual se come tanto como se caga, el congénere atravesado por la miseria y por el no ser, el animal enjaulado, el poeta, el mero parlante eco de carne, el nada, de pronto transpira algo mas que sus efluvios apestosos, de pronto la quijada que cae y el congénere emite un sonido que acierta la belleza, unos pocos y tal vez imposibles versos. Dice Pound: He intentado escribir el paraíso / que los dioses perdonen lo que he hecho / que aquellos que amo traten de perdonar lo que he hecho.
Entonces algunos creen que la literatura es algo vitalmente necesario. Pues no lo es, es solo literatura, ecos del congénere, que roza la belleza muy de vez en cuando en la ilusión de la transmisión.
Escribo, escribe el Collado iluso. Ilusión de Beckett, de Carver, de Miller, de transformar la escritura en un real. Pero ocurre que un personaje Milleriano se encuentra con su similar Beckett. El primero dice: - Vos querés saber que es lo real: Mirá esa ventana. ¿Qué ves?. Aquella la de más arriba. Todos los días se sientan a esa mesa y juegan a las cartas, solo ellos dos. Ella siempre con ese vestido rojo, él siempre baraja el naipe. Eso es lo real. El personaje de Beckett, lo mira atentamente, recorre la vista de la ventana a su interlocutor en un tiempo que se alarga tanto, que parece nunca terminar, mientras piensa que lo que su congénere llama rojo es simplemente gris, negro claro.
Lo real en Miller: los colores serán fuertes y llamativos; en cambio el ojo del beckettiano como el ojo de un perro no distinguirá mas que variedades del gris.

Artaud, transforma su ser en la locura de ser, su pasaje del homo sapiens al homo real, al acto en sí, despojado de la ilusión de ser. Ser en el ser. Artaud el primer hombre nuevo. Un hombre que renuncia al automatismo del cuerpo, a la repetición del comer, cagar y dormir. Los cuerpos que son ronquidos y bocas amargas al despertar, que repiten la rutina del animal humano, sólo dejan 20 poemas como acto productivo. El equilibrio entre al hombre automático y el creador está tremendamente roto.

Cortázar nos dice la falsedad del tiempo; los relojes nos matan, no creamos en ellos. Elijo, Collado elige a Deleuze para mostrar la posibilidad del cambio. Abandonar el territorio implica tomar otro territorio en el cual aprendemos y aplicamos el cambio. Julio en muchos de sus textos, por ejemplo en “62 modelo para Armar” o en Rayuela”, como Joyce en el “Ulises”, desterritorializan la literatura para hacer una nueva y revolucionaria literatura. Micropolíticas del cambio. La Micropolíticas como revolución posible.

La vida de Walsh nos enfrenta al acto del no renunciamiento. La revolución se hace en cada cambio, en su acción misma, cada gesto es la revolución. La revolución no es una utopía. Como utopía, la revolución es una mera ilusión. En la acción vive el acto revolucionario, la marca en la rodilla de “Maco”, el asesino de Rodolfo Walsh, es un acto.

Y después la muerte de los buenos, de los utópicos, pero también de los hacedores. El discurso periodístico que elijo en el texto sobre Lennon, trata de hacer una mueca, sobre la acción misma. La mera descripción es un intento por marcar la acción. Por otro lado la actitud de Polanski ante el mito de Satán. Si el diablo existe, existe en la locura. Antaño se pensaba que los locos estaban poseídos por el demonio, cuando en realidad, Mefisto es el hijo de las mentes perdidas. El Diablo se termina en los fármacos antipsicóticos. Vive en el inconsciente humano como vive el temor a la castración. El terror solo viene de la mano del animal humano, capaz de torturar, de matar, de hacer desaparecer.

Y para terminar la ceremonia de la muerte, tan sin nada, transformada en ritual, la muerte de mi hermano Raúl García, la insensatez de la muerte del mejor para mí. Lo real de la carne despojada de las hermosas vestiduras. El dolor en el dolor mismo. Allí para seguir viviendo es necesaria la creencia en la insoportabilidad del dolor. Entonces el otro Collado llama a la esperanza, es el utópico racionalista quien llama a Guevara desde el muro del cementerio.

¿Dónde lo real entonces?. Bien, coincidamos, el Amor, la Revolución, la Fe, son mera ilusión. Lastima, pero sí. El dolor, la razón perdida no. De eso, y no de otra cosa, tratan estos textos.

domingo, 16 de marzo de 2008

Embrujado por la muerte


“La derrota tiene una dignidad
que la ruidosa victoria no merece”
J. L. Borges
[1]

¿Quien te nombró?. ¿Quién y cuando te dieron el nombre?.
Tu abuelo, cumpliendo la milenaria tradición te llamó Kimitake Hiraoka.
Fuiste hijo de la sobreprotección de tu madre y tu abuela, rodeado de sedas y kimonos.
¿Quien te nombró?. Si tu padre el guerrero imperial, solo te mostraba la dureza y la rigidez de la fuerza y del valor militar.
¿Quién te nombró, Yukiro Mishima?
¿Quién te nombró “Demonio misterioso embrujado por la muerte”?

Si el destino le dio a tu pueblo la guerra y la derrota, si fueron dos veces derrotados.
Derrotados por las bombas del diabólico americano.
Derrotados cuando perdieron la sabiduría del jardín.

¿Quien te nombró demonio por santo, si tu juventud desnuda, atada, es atravesada por las flechas de la agonía y el éxtasis. Si sos el ejemplo más desgarrador de los arquetipos en el combate eterno entre las visiones de mundo?.

¿Quien te hará abdicar de tu condición de Hijo del Sol?

Elegiste la muerte digna al ocaso de la miseria de ver destruido lo que soñaste.
Decidiste sacrificarte por las viejas y olvidadas tradiciones de tu pueblo.
Cultivaste una muerte bella y heroica en honor a la sabiduría derrotada.
Si cometen el homicidio cultural más bárbaro ejercido sobre el mundo,
si ese brutal puñal es clavado en el corazón de tu gente,
si los hongos atómicos.
¿Cómo no elegir la belleza de la muerte?.

Si la muerte se abre entre los caminos, hay que elegir aquel que garantice la muerte más bella.
Ella jamás es un deshonor. Nunca es vana.

Un día temprano, en la mañana, con el valor de la ternura diaria. Un día temprano saliste de tu casa a encontrarte con tus camaradas. Porque valiente formaste un ejercito sin guerra para guardar el honor de tus antepasados. Para guardar el valor del samurai.
Un día temprano te vestiste con la ropa del heroísmo y samurai subiste a la gloria.
Un día temprano actuaste todos los ritos que habías aprendido de tus padres. Todos los pasos del ritual del guerrero.
Un día ante la formación de soldados demostraste que el valor no es negligencia cuando se puede morir como se vivió. Y de rodillas recibiste la muerte como un guerrero derrotado. Un día fue la ceremonia del guerrero al cual solo le queda el honor de la muerte ante la derrota.

Tus ojos Mishima. ¿Qué dicen tus ojos?. Cargados de deseo, de furia, de tristeza.

¿Qué miedo atravesaba tus sueños Mishima, aquella mañana de noviembre, el día en que se abrieron las puertas del honor y te quitaste la vida haciéndote el harakiri con tu espada samurai.

Son cuatro los miembros de la Sociedad del Escudo.
Son cuatro en el cuartel central del ejército japonés.
Se entrega el comandante Mashita, que era tu amigo.

Desde el balcón hablaste, Mishima, a los soldados reunidos.

“la occidentalización del Japón conducirá a la pérdida de las antiguas tradiciones y por lo tanto, a la destrucción cultural. El tratado de paz que obliga a la desmilitarización, nos somete. El emperador, símbolo de la nación, es el único heredero del Sol Naciente.”

No te entendieron Mishima, te llamaron loco.
Entonces regresaste a la sala, y clavaste la espada en tu vientre y casi al mismo tiempo uno de tus hombres, en un gesto de misericordia, te decapitó, como indica el ritual del seppuku.

¿Qué valor guardará tu sangre Mishima?

La noche así lo requiriere. Y es tu vientre la ofrenda.
Tu belleza interna, tus tripas, tu corazón a los derrotados de todos los tiempos.

Mishima, tu cuerpo será el capullo del cerezo, bello y efímero pero fecundo en la eternidad del ejemplo.

Puede un hombre hacer literatura, puede un hombre venderse la ilusión de las teorías. Puede un hombre vivir como piensa. Son pocos, los que como vos Mishima, eligen morir como viven.
[1] “Nota para un cuento fantástico – La Cifra”

Tramite minimalista


a: Fabiana Fernández
“ ...que por doler me duele hasta el aliento... “
Miguel Hernández.

Estábamos en una sala de paredes blancas, recientemente pintada, había otras personas que venían a hacer el mismo trámite. Aguardábamos en silencio prendiendo un cigarrillo tras otro. Todo nuestro dialogo estaba marcado por gestos, una mano que ofrece un paquete de cigarrillos, un encendedor que se acerca para encenderlos, un caminar inquieto, sin ganas, abatido, de aquí para allá. Un silencio que no era molesto porque ambos pensábamos las mismas cosas. La miraba y pensaba que mal lo estábamos pasando, pensaba que sentía que estuviéramos pasando por toda esa mierda, pensaba que quería decirle que no teníamos que rendirnos, aunque uno no sabe muy bien porque no hay que rendirse cuando no se da mas, pero que por alguna razón no teníamos que rendirnos.
También pensaba en otros tiempos, pensaba en asados en el patio de casa, en vacaciones compartidas, en la alegría de correr detrás de nuestros hijos. Pensaba en cada minuto que habíamos vivido en los últimos dos meses.
La calefacción estaba muy fuerte. Contrastaba con la atermia que generaba el haber dormido nada en los últimos dos días. Contrastaba con el frío de mayo en Buenos Aires. Contrastaba con los abrigos que aun teníamos puestos.
-García – Llamó el tipo vestido con overol azul. Tendría unos 50 años, vestido con ropa de operario de fábrica, era delgado, muy delgado; como un personaje de Becket, pensé; lo acompañaba otro tipo vestido con esa misma ropa azul, de ese azul claro de ropas desteñidas por el uso, descoloridas.
-García – dijo por segunda vez. Entonces nos acercamos al mostrador de mármol que cruzaba el vano de una abertura, que parecía haber sido una puerta antes de las reformas que evidentemente le habían hecho al lugar. Los tipos estaban dentro de un pequeño despacho que tenia el mostrador de mármol por todo mobiliario, y un enorme libro de registros sobre él, que tenia una lapicera bic azul atada de un hilo, seguramente para que nadie se la pudiese llevar. El despacho se abría a la sala de espera donde aguardábamos con Fabi.
Apagamos los cigarrillos que habíamos encendido un minuto antes y nos paramos frente al mostrador. El más joven tenia unos herrajes de fundición en las manos.
-García –dijo por tercera vez el hombre de overol azul, pero esta vez lo hizo casi murmurando, mientras escribía en el pesado libro porque sabia que estábamos esperando frente a él, -Qué van a hacer con García?, agregó sin levantar la vista. Tampoco hubiéramos soportado que alguien nos mirara a los ojos en aquel momento. En cambio si entre nosotros nos hubiésemos podido intercambiar una mirada, seguramente hubiésemos roto el silencio con un llanto que ni ella ni yo nos podíamos permitir.
A su pregunta le respondimos con un silencio que reflejaba la imposibilidad de saber a que se refería.
-Qué destino le van a dar, - dijo tratando de aclarar su pregunta -, lo van a llevar a domicilio?.
-Sí-, fue toda mi respuesta, una respuesta automática, apresurada, para evitarle a Fabi que contestara, que tuviera que ponerse a pensar en aquel momento que destino le daría. Fue un sí seco, apresurado, frío; solo un sí.
El tipo de overol azul extendió el pesado libro donde en él ultimo renglón decía
“Raúl García, domicilio” y había un espacio en blanco donde Fabi firmó.
Los tipos se fueron sin decir palabras por una puerta que había en el final del despacho y volvieron unos minutos después. El mayor tenia entre sus manos una pequeña urna de madera rubia y el mas joven los herrajes de fundición plateada en sus manos y una chapa que apoyó sobre el mostrador.
Fabi tomó la urna entre sus manos, se estremeció al sentir la temperatura y casi murmurando dijo –Esta caliente. Como si la temperatura fuese un signo siniestro de vida.
Nos fuimos en silencio, atravesando un laberinto de asépticos y blancos pasillos, un largo camino hasta la salida, que daba a un universo de mármol. Había hojas secas por todos lados, de los árboles caían más. Era mediodía en Buenos Aires, el frío nos golpeaba la cara. Tome del brazo a Fabi y recordé cuando todos éramos felices; pensé que las cosas ya no volverían a ser como antes. Llegamos al estacionamiento, subimos al auto, ya en el exterior nos llegó desde una pintada sobre un muro una frase del “Che” para negar alguna muerte injusta: “El que vive en el corazón de los demás, nunca morirá”. Salimos en silencio sabiendo que aquello era simplemente un trámite más del ritual.

Helter-Skelter


Helter-Skelter[1]

Los Hechos I

“Permítanme presentarme, estoy muy contento de conocerlos, espero que adivinen mi nombre. Lo que te esta confundiendo es la naturaleza de mi juego. Yo pregunte ¿quien los mato?, pero vos bien sabes que fuimos vos y yo. Como cada soldado es un criminal y todos los pecadores son santos.
Como las cabezas son colas, solo llámenme Lucifer”.[2]

En 1968, en el cuarto piso del Dakota Building, Roman Polanski filma su primera película en lo Estados Unidos de América. Ya en 1962 había realizado “El cuchillo bajo el agua”, película que fue sensación en Europa y logró una nominación al Oscar. En ella ya exponía una extraordinaria capacidad narrativa y un gran manejo del suspenso. Pero esta vez, con otros medios para filmar y con Mia Farrow como principal protagonista, filma “Rosmary´s Baby - La semilla del Diablo”, introdujo al Diablo como un elemento novedoso en las películas de terror y logró un éxito mundial.
Mia Farrow realiza el papel de una esposa joven, dueña del cuarto piso en el Dakota Building, que está a punto de tener un bebé. Ella descubre que su diabólico esposo se ha puesto muy amigable con los vecinos, una pareja de viejos encantadores y excéntricos que además son miembros de una secta satánica. Farrow lo parió al demonio por orden de Polanski y este comenzó a recibir anónimos en la Paramount durante el rodaje, con frases como “Vas a pagarlo muy caro...”. Se interpretaba como crítica su postura frente a las sectas satánicas, hasta el momento sumidas en el oscurantismo.

Los Hechos II

"Todos somos Jesucristo y todos somos Hitler."[3]

El 8 de agosto de 1969, en el 10050 de Heaven Drive, en Los Angeles California, en la residencia que Roman Polanski tenía en Beverly Hills, Charles Manson llevó a cabo el delito que lo hizo famoso en el mundo entero: ideó y participó en el asesinato de la actriz, embarazada de ocho meses, Sharon Tate, esposa de Polanski, de su amiga Abigail Folger, el novio de esta Voytek Frykowsky, el estilista Jay Sebring y también de Steven Earl Parent, quien era amigo de un empleado de la casa y también se encontraba en el domicilio.
Charles Manson con cuatro de sus seguidores, Susan Atkins, Charles Watson, Linda Kasabian y Patricia Krenwinkel ingresaron al hogar de Polanski y cometieron los asesinatos.
En 1967 Charles Manson, luego de cumplir una condena menor, se radica en San Francisco, donde se contacta con una cofradía de hippies, tardó muy poco tiempo en ser su líder, a la que bautizó con el nombre de "The Family". Estaba integrada principalmente por mujeres.
De San Francisco se mudaron a Hollywood, a un estudio cinematográfico abandonado, un lugar en el que vivían en comunidad y experimentaban con drogas, principalmente con ácido lisérgico (LSD). Después de un tiempo, la familia contaba con cerca de 40 integrantes, guiados por Charles Manson.
Manson siempre había tenido el sueño de ser estrella de Rock. Algunos de sus poemas tienen cierto valor literario y no es menos que muchos poetas y músicos de la época que lograron fama y dinero. Pero su fracaso se debe a que él realizó pocos intentos para ser conocido como escritor y el rechazo que su personalidad generaba. La negativa que recibió por parte de productores y editores, signó su falta de notoriedad. Sus poemas son conocidos luego de los asesinatos.
El 9 de agosto de 1969 una empleada de los Polanski, Winny Chapman, descubrió los cuerpos asesinados brutalmente.
Sharon Tate recibió 16 heridas con un cuchillo, algunas fueron en el corazón, los pulmones y el hígado; el bebé que esperaba murió con ella. Abigaíl Folger, murió de 28 puñaladas, su novio Voytek Fykowsky recibió dos disparos, 13 golpes en la cabeza y 51 heridas provocadas con un cuchillo. Jay Sebring recibió un balazo y 7 puñaladas, por último, Steven Earl Parent, recibió 4 disparos de revolver calibre 22.

En las paredes “La familia” había escrito con sangre de las víctimas: “DEAD TO PIGS”, “RISE”, en la puerta de entrada “PIG”, y en la heladera “HELTER - SKELTER”. Un detalle mas, en la bandeja giradiscos con el máximo volumen, la púa rasgaba una y otra vez el espacio ya sin música del segundo disco del “White Album” de los Beatles.

El 1° de septiembre de 1969, un niño llamado Steven Weiss, jugaba cerca de un lago, cuando encontró un revolver calibre 22, el mismo que había sido utilizado para cometer los crímenes. Además, se encontraron huellas digitales de varios miembros de la familia en el lugar de los hechos.
Ya se tenían suficientes pruebas y testimonios, para inculpar a Charles Manson como autor intelectual de todos los asesinatos, aún así, algunos miembros de la familia, permanecían leales a él, defendiéndolo, si bien Manson había estado presente en la escena de los hechos, esto nunca llegó a comprobarse.
Manson y los miembros de la familia que resultaron inculpados, fueron condenados a muerte, pero tiempo después, la pena de muerte fue abolida en el estado de California.
En la actualidad Manson y su familia permanecen en la cárcel..

Los Hechos III

“Ayuda, necesito a alguien, no a cualquiera, vos sabés que necesito a alguien.”[4]

John Winston Lennon, Yoko Ono y Mark David Chapman, estaban en el Dakota Building de New York, la noche del 8 de diciembre de 1980, luego de que John y Yoko hubieran hecho los últimos arreglos al tema "Walking On Thin Ice", en el estudio Hit Factory y regresaban a su casa, como siempre, dispuestos a pagar el precio de la fama. Era habitual que se juntaran varias personas para conseguir el autógrafo de John o de ambos, aún en noches frías y oscuras como aquella. Entre los pocos fanáticos que se habían juntado estaba Mark Chapman, a quien John miró a los ojos cuando le firmó el autógrafo en la tapa del disco “Double Fantasy”, que éste le acercó. Lo miró dulcemente a los ojos, sólo como podía mirar John o Ghandi o Jesucristo. Eran las once y media de la noche. Mark Chapman estaba ahí, John no lo evadió y caminó hacia él que le extendía el disco esperando su firma, John saco una lapicera del bolsillo interno de su sobretodo de piel, lo miró como miraba John, le firmó el disco, le regaló una sonrisa cansada y buscó la puerta del Dakota Building, luego escucho que alguien lo llamaba, que Chapman lo llamaba, John giró sobre sí, se dio vuelta, y Mark Chapman vació el cargador de su Smith&Weston calibre 38 en el pecho de Lennon, cinco impactos en el pecho y un silencio de llantos anudados.
Chapman se sentó a esperar a la policía, mientras Yoko lloraba con una mueca de sorpresa y de espanto, lloraba abrazada a John mientras la sangre se habría paso en la noche oscura y fría del invierno de New York. John murió en los brazos de su esposa, cuando era llevado en un patrullero policial hacia el hospital.

Chapman no opuso resistencia al ser detenido. A los pocos días los detectives del cuerpo de policía de New York ingresaban a un pequeño cuarto del Rosmary´s Hotel a pocas cuadras del Dakota Building desde donde Chapman había preparado el ritual de la muerte.
Resultaba siniestro observar cómo Chapman fue planeando el asesinato una y otra vez, acercándose más y más a Lennon, sin animarse a disparar. En cada uno de los preparativos, cumpliendo un ritual, Chapman se acompañaba con la lectura de una novela: “El cazador oculto”, de J.D. Salinger. Obsesivamente, en cada viaje hacia el homicidio, Chapman llevaba consigo esa novela en la que el adolescente Holden Caulfield, expulsado de un colegio privado y caro, vaga algunos días y noches por Nueva York. Cuando Chapman alquila el sórdido cuarto en el Rosmary´s Hotel, lo encuentra similar a la descripción que hace Salinger del cuarto del hotel que Holden Caulfield, elige en su huida. Para Chapman, esta coincidencia es una señal. El día del crimen, antes de abandonar el cuarto, entre otros objetos que dispone sobre una cómoda, están, visibles, expuesto como una clave, el libro de Salinger y el “White Album” de los Beatles. En el libro una hoja blanca marca un lugar de descanso en la lectura, en la hoja una poesía escrita:

“Muchacha bonita.
muchacha bonita, deja de existir,
abandona tu mundo,
yo soy quien necesita,
yo soy tu hermano
y nunca,
nunca aprendí a no amarte.”

La firma al pie del poema es de Charles Manson. [5]

Mark David Chapman tenía antecedentes oscuros: había sido un acérrimo fanático de los Beatles durante los años sesenta, pero luego que John hiciera aquella declaración de que los Beatles eran más populares que Jesús, se convirtió en fanático religioso. En 1977, luego del divorcio de sus padres, intentó suicidarse y fue internado en un hospital para enfermos mentales, al ser dado de alta va a vivir a California a la casa de su tía paterna: Winny Chapman, quien tiene mucha influencia sobre su persona. En los informes del Hospital St. Elizabeth, se le describe como una persona obsesa e irascible, con interés por las armas de fuego.
Aun sigue preso, cumpliendo su condena. Se espera su libertad para mediados del 2002.

Los Personajes

Roman Polanski, no abandonó la temática satánica. Su último film, “La Novena Puerta” trata sobre un coleccionista de libros demoníacos, que posee un manual del siglo XVI para invocar a Lucifer: “Las nueve puertas del Reino de las Sombras”, se supone que hay solo tres ejemplares en el planeta y él desea tenerlos a todos.
Una larga búsqueda de esos libros, una lenta comprensión de la verdad que ocultan, muertes extrañas y encuentros inquietantes, le permiten a Polanski realizar un trabajo preciosista, de composición visual en todos los planos de la película.
Para un judío - polaco nacido en París, culto y rigurosamente estético, la inquisición ha quedado en la historia del siglo XVI, Luzbel, Lucifer, Satán, Mefisto, Diablo o como le quieran llamar solo pertenecen a este mundo en la miseria de la mente de los hombres.
Polanski, lejos de dios y del diablo, quiere seguir pudiendo hacer su cine, su particular mirada al hombre, a sus pasiones, a sus obsesiones y sus demonios. Él ha conocido infiernos peores que los que han poblado parte de su obra. Es un hombre que no quiere descansar, un buscador de historias que sabe que cada quien tiene el diablo que se merece.

Manson el alienado, tiene su historia miserable, sus locuras y delirios que podríamos tratar de comprender. Charles Manson, lee mal y escucha peor. Piensa en una revolución de raza, sueña con el diablo en el cuerpo. Delirado en su propio ácido, escucha una y otra vez “Revolución 9” del “White Album” de los Beatles, un tema extremadamente experimental nacido como un juego del genio de John. Voces mezcladas, violines al revés, ruidos, una voz de archivo de “Apple Records”, repitiendo number nine, number nine, number nine, y su voz y la de Yoko diciendo “right” (correcto) y no “rise” (levántate), como Manson escucha y escribe con la sangre de Sharon en la paredes de la Casa de Los Angeles en Heaven Drive. Curioso el territorio del enfrentamiento de Lucifer y Dios, en la calle del Cielo (heaven) de Los Angeles. Un juego de John, sin interpretación mayor que la de un experimento de un vanguardista, leído por un psicótico incapaz de entender la realidad del hippismo. Del “Flower-Power” al “Helter-Skelter”. ¿Alguien puede dudar que en el equipo de música, el disco dos del “White Album”, que encontraron girando ciego; en la tarde del sacrificio sonaron una y otra vez los 8 minutos y 34 segundos del corte número 12,Revolución 9?.
Manson hoy vive el real infierno de la prisión.

Yoko Ono, siempre misteriosa, devela una verdad implacable: “detrás del misterio no hay nada”. En este caso una geisha, convertida en madre cuidadora de su “Beautiful Boy”, en sus cuarteles de invierno con su implacable y siempre poderoso perfil bajo. Que el psicoanálisis se apiade de Sean.

Mark Chapman el otro desquiciado de esta historia, el otro hijo de Satán, otra certeza absoluta de la locura como único nido de fantasmas demoniacos. Leyendo a J.D. Salinger; otro iluminado de “Helter-Skelter”. Lector de lo único rescatable de Manson, sus pocos poemas.
John decía que todos somos Cristo y Hitler, el Cristo de Manson escribe poemas, el demonio de Chapman mata al mas bueno de todos los hombres sobre la tierra, al Cristo, al Ghandi de la generación mas revolucionaria de occidente. Winny Chapman, la tía, de quien se dice que ha tenido influencia sobre Mark, seguramente ha relatado una y otra vez aquel episodio que tuvo que vivir siendo empleada del 10050 de heaven Drive el 8 de agosto de 1969, en la residencia de los Polanski.

El circulo que cierra, una historia demoníaca, producto de una locura en cadena. La locura que cierra su circulo, ese que comienza en una tarde mágica en la que John le regala al mundo su arte experimental y termina con su propia muerte.

Solo una duda. Hay algo azaroso en todo esto: ¿Si los demonios habitan la mente de los hombres, qué habita en el Dakota Building?.


[1] Helter-Skelter se llama el corte 6 de “White Album” de The Beatles. Helter-Skelter es un adverbio, adjetivo o sustantivo, que literalmente podríamos traducir como “apuro desordenado”, “desbande”, “a troche y moche”, “sin orden ni concierto”, “patas para arriba”. Lo elijo porque para mí la utilización que “The Family” hace referencia directa a John a Revolución 9 y a White Album. Aun, insistiendo, cuando Lennon da nombre al tema; posteriormente a haberlo realizado; trata de nombrar esa vieja forma revolucionaria y anárquica que es el desorden, lo que no tiene orden, lo opuesto a la institucionalización del orden. (NdelA)
2 “Simpatía por el Demonio” Jagger/Richard
[3] John Lennon
[4] “Help” Lennon/McCartney
[5] Guillermo Saccomano, cuenta de la existencia de un documental sobre el asesinato de Lennon donde en el cuarto del Rosmary´s Hotel encuentran los objetos aquí enumerados. Pagina/12 Diciembre de 1999.

Zapping furioso - ¿Quién mató a Rodolfo?


a: Osvaldo Montferrant

Estas son las ultimas cosas, estoy seguro de ello. Desaparecen una a una y ya no vuelven. Puedo hablarte de las que yo he visto y de las que me contaron que existieron, puedo gritar desde este silencio, aun sabiendo que no me vas a escuchar y puedo contarte como fueron desapareciendo todos los otros y solo quedaron ustedes, tan pocos y tan buenitos. Te cuento esta historia porque cuando vivís en esta parte oscura de la ciudad aprendes a no dar nada por sentado, y no sé cuando ocurrirá pero algún día los malos estarán en el sitio merecido, a esa esperanza no puedo renunciar.
Voy a empezar por el principio, y el principio fue cuando me avivé.
Un día el cura me dijo: “ Toma pibe, esto es para vos”. Era un libro de tapas oscuras “Operación Masacre” de R. Walsh, recuerdo que tenia en la portada un dibujo de Smoje sobre un fusilamiento. Hasta ese entonces yo no era peronista. Pero después de leerlo, no me quedaron muchas alternativas.
“La Verdad” estaba en el potrero donde jugaba todos los días, durante todo el día a la pelota con los otros pibes del barrio.
El cura era un tipo joven de unos treinta y pico, de cara tranquila y rasgos blandos, sus manos ásperas de porland y cal eran celestiales a la hora de cortar el pan y servir el vino.
Otro día me dijo: “Vení pibe quiero que veas esto”, y me llevo al cine, donde nunca antes había estado. Daban “Sacco y Vanzetti”, con Jean María Volonte. Desde entonces deje de ir al potrero. Con el paso del tiempo le escribí una carta culpándolo de todo lo que me pasaba. Le escribía que si la cultura no hubiera entrado en mi, seguramente estaría trabajando de operario en una fabrica, no estaría tan cerca de los malos y solo sufriría sus efectos. Era una equivocación, me fui transformando en otro tipo de obrero y por otro lado a mis compañeros del potrero no les fue mejor que a mí.
Entonces no era yo un hombre feliz, como no lo era Nicolás Carranza una noche de Junio del 56 en José León Suárez, como leí en Operación Masacre, como tampoco lo fue Walsh el 25 de Marzo del 77. Y Rodolfo era mas bueno que el pan.
Nicolás Carranza aun debe tener una tumba donde se reseca la tierra a fuerza de los duros pensamientos que se llevo consigo, jamás pudo entender, en el corto tiempo de vida que le quedaba, ¿por qué a él?. Nicolás Carranza, estaba en la casa de unos vecinos en el barrio de Florida tomando mate y jugando al tute cabrero, de pronto tiraron la puerta abajo y apareció el ejercito, los cargo a todos en un bondi y horas después fueron fusilados en los basurales de José León Suárez, al mismo tiempo que fusilaban al que al General Valle en la penitenciaria de la calle Las Heras. Carranza no estaba enterado de la existencia de Valle, jamás había escuchado su nombre.
De Walsh solo sabemos de su ausencia y de algún rumor que agranda el modelo, que corre como el cuerpo de Lavalle montado hacia el exilio, que mira como la cabeza en una pica de Juan Chalimin frente al dolor de su ejercito de indios, que se pregunta que pasa, como puede haberse preguntado el obispo Ponce al costado de una panamericana en construcción mientras los milicos simulaban el accidente que acabo con su vida.
A Walsh que era peronista se lo cargo la armada y solo en la locura de las madres esta vivo y hasta que se demuestre lo contrario, y reclamaremos “aparición con vida y castigo a los culpables”.
Dicen que quemaron su cuerpo en los fondos de la esma, junto a viejos neumáticos de auto.
Pero te quería contar la historia desde el principio y se van escapando rápidamente las cosas de la memoria y es como un packman gigante que se come y recicla todo. Pero a los trece años jugaba a la pelota en el potrero. Sabia muy bien donde estaba la verdad, yo era parte de la verdad sin saberlo, era inocente de la verdad o estúpidamente verdadero.
A los quince había conocido a Walsh, tenia ambición de ser cura, y era peronista.
Como tenia que ser, íbamos al frente en cada acto de rebeldía y éramos los primeros en oponernos al autoritarismo. Nos juntábamos en la Biblioteca José Ingenieros y leíamos a Marx a espaldas de nuestras mamás que seguían pensando que éramos buenos chicos, y nosotros no pensábamos en otra cosa que en hacer la revolución. Pensábamos y actuábamos en plural. Libertad, Igualdad, Fraternidad, Solidaridad.
A los 17 algunos nos perdimos entre las llamas, encerrados en un colectivo, con los gritos de la guerra repiqueteando en nuestras orejas, una tarde en Monte Chingolo.
Y los ojos impertérritos del Che, casi triste, solo, una tarde de lluvia en La Habana, o recorriendo el mundo en un póster, o aquella noche después de la batalla en una camiseta chamuscada pegada a la piel también chamuscada, entre los hierros retorcidos por el fuego, miraban sus ojos, los ojos del Che desde lo que quedaba de la remera de Víctor Mosqueira, a la parca, dulce e inexpresiva que caminaba entre los cuerpos del bautismo de fuego de los buenos chicos que a espaldas de sus mamas encerrados entre las paginas amarillas de los libros de Marx, ideaban también sueños inoportunos.
Pero la sed es abismalmente ancestral. Los recuerdos que nos trae la historia, como las pantallas de un zapping furioso, las matanzas de los indios a manos de los españoles o roquistas que son la misma mierda: la espada y la cruz. O las matanzas de los obreros de la Patagonia trágica, o los fusilamientos de José León Suárez, o la furia del poder contra los chicos de la guerra sucia en Monte Chingolo, o la desaparición de muchos ciudadanos que, supongamos mal, pensaban en contra del plan macabro de la historia.
A Carnaza lo fusilaron por peronista sin que él lo supiera, en los basurales de José León Suárez, como quemaron el cuerpo de Walsh entre la basura de los fondos de la esma, o a Víctor dentro de un colectivo después de haberlo acribillado a balazos. Una metáfora de la historia que el poder no supo jamás leerla.
“Sí una propaganda abrumadora. -escribe Walsh- pretendiera que videla defiende los derechos humanos, que massera ama la vida,... y lograran la ilusión de matar hasta el ultimo de los militantes. No harían mas que empezar de nuevo, porque las causas que mueven la resistencia de los pueblos no desaparecen de la mano de un poder represivo sino que se agravan por el recuerdo de los estragos causados y la revelación de las atrocidades cometidas”.
Tenia catorce cuando una tarde nos subimos al tren en la estación de Zárate, nos bajamos en Migueletes y desde ahí caminamos casi toda la noche hasta Ezeiza, las balas nos pasaban por encima de la cabeza no entendíamos nada, solo queríamos ver a Perón.
A Carranza una tarde lo sacaron de la casa lo metieron con otros vecinos de Florida en un bondi, unos cuantos canas los custodiaban desprejuiciadamente.
¿Por que nos llevaran? (pregunto uno.)
Será por jugar a las cartas. (dijo otro)
Me huele mal. El grandote dijo algo de una revolución. (opino el tercero, mientras Carranza se empezaba a poner nervioso)
Rodolfo prefirió dejar la casa de San Vicente, el día después de la publicación de una carta donde denunciaba las múltiples violaciones a los derechos humanos por parte de la junta militar. Por la noche llegaron como cuarenta milicos armados hasta los dientes y destrozaron el lugar sabiendo que Walsh no estaba allí, ya habían matado a su hija y allanado la casa del Tigre de donde robaron todos sus manuscritos.
Lo agarraron en Constitución alrededor de las tres de la tarde, Rodolfo tenia una pistola calibre 22 que solo pensaba usar para que no lo llevaran con vida, y así fue. Un disparo, solo un disparo y la furia armada cae sobre su cuerpo destrozándolo a tiros de Itaca. Un comando de la esma a cargo de maco (nombre de guerra del mayor julio cesar coronel), lo captura, pero el disparo de Walsh, como cada una de sus palabras hace historia, impacta en el muslo izquierdo de maco, quien cojeará por el resto de sus días.
Esto me huele mal. El grandote dijo algo de una revolución. Dijo Carranza en la víspera de José León Suárez.
Yo sé que esta historia no te dice nada, porque te perece vieja como a mí entonces la de Operación masacre. Pero se la ve tan parecida. Hoy como ayer los chicos de los barrios humildes juegan todo el día a la pelota y son inocentemente verdaderos, pero no veo muchos curas con las manos ásperas de porland, y en cambio veo algunos sembrando desigualdades. Sé que no te puedo ayudar desde este lado, porque, como diría un catalán, los muertos están en cautiverio... (y los desaparecidos)... Pero no se puede renunciar a la utopía, cuando a ella se le dio de comer tanta muerte. Estas son las ultimas cosas, estoy seguro de ello. Estamos resistiendo pasar al olvido, estamos resistiendo el olvido, pero las cosas desaparecen una a una y ya no vuelven, pasan a la historia y se confunden con el zapping. Te conté alguna de las que yo he visto y las que me contaron que existieron, puedo gritar desde este silencio, aun sabiendo que no me vas a escuchar y puedo contarte como fueron desapareciendo todos los otros y solo quedaron ustedes, tan inocentes y tan buenitos. Te grito esta historia porque cuando vivís en esta parte oscura de la ciudad aprendes a no dar nada por sentado, y no se como puede ocurrir pero algún día los malos estarán en el sitio merecido, y como ya te dije a esa esperanza no puedo renunciar, porque después de tanta búsqueda, de tanta conciencia social y de la perdida de las ilusiones puestas en la justicia, al ver que los muertos están bien muertos y los asesinos probados y sueltos, no hace mas que acrecentar una vieja sed. Este no tiene que ser el fin.

Julio llegó en febrero


Entre textos pensando en Julio Cortazar

Querido Julio, “esta carta no te será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y los correos.”


Entonces, julio llegó en febrero, todo el invierno se instaló en pleno verano. El sol acariciaba sin penas los cuerpos semidesnudos de los felices y ensombrecidos bañistas rodeados de la falsa alegría estival. El mar hace al verano, como una música superflua.

Leo: “Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me deja distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a La Maga que se sonreía, sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.”[1]

Leo, y es 12 de febrero, es el mediodía, me atraviesa la resaca de la noche anterior, como cuando caminaba por la orilla del mar, solo como de costumbre, buscando, tomando cervezas y otras y mas.

Leo, me acompañan los libros y el diario, el sol está muy fuerte, dicen que no conviene exponerse a esta hora, las gentes se ponen cremas y gorros y sombrillas desparramadas por todo el cuerpo y a mí no me interesa nada. Leo esta desgraciada primera plana que dice como el invierno más miserable se puede instalar, de pronto en un febrero, en Villa Gessel como si estuviera en París. Como si de pronto la calle 3, se convirtiera en la Rue de Sebastopol. Leo, y estoy llorando, mojando este maldito diario y no quiero creer lo que estoy leyendo. Y me quiero escapar con el verdemar y levanto la vista y veo gente arropada que camina rápido por la Rue Mouffetard porque estoy sentado en un bar en la place de Contrescarpe, o en el bar “La Paz” junto a la ventana que da a la Av. Corrientes, tomando café a las seis y media. El café hace al invierno. Y miro recreo la vista y la gente arropada camina rápido, volverán del trabajo o irán al cine, en Buenos Aires como en París se va mucho al cine o al teatro. Pero yo estoy solo y busco.

Leo, y no es el diario, en el margen superior dice: “Mil Mesetas” “...el nomadismo, es precisamente la combinación máquina de guerra - espacio liso. Donde la máquina de guerra es un agenciamiento lineal que se construye sobre líneas de fuga. En ese sentido, la maquina de guerra no tiene por objeto la guerra, tiene por objeto el agenciamiento de un espacio muy especial que ella misma compone, ocupa y propaga, el espacio liso.”[2]

Y de pronto ese calor insoportable que me sube desde la milenaria arena, y soy nuevamente el voyeur y busco, entonces no creo en casualidades, pero es difícil volver atrás, es muy difícil ser julio en este febrero. Es tan difícil Julio, que me pueda apartar de la lectura, y deje de pensar la posibilidad de que La Maga se fugue de Rayuela y sé corporalice, para que el encuentro no sea una casualidad, para que pueda yo creer que hasta los astros influyen.

Leo: “... Ahora La Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferiríamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...”

Entonces no hay territorios, ni despedidas, porque a la vuelta del mundo te encuentro Julio, porque vos y yo nos debemos un café, o vos me debes una charla para mayor certeza en el enunciado. Entonces no hay tumba blanca junto a tu Carol, ni flor amarilla, esa que te mando poner siempre que un amigo se anima a cruzar el charco, o te pongo cuando tengo la posibilidad de escaparme y camino por el Boulevard Edgar-Quinet entonces entro en el Cimetiere Montparnasse, y un señor muy amablemente me indica que los restos del escritor argentino Julio Cortázar descansan en el predio 25 justo en el cruce de los pasillos Allée Lenoir y Allée des Sergents de la Rochelle.
Pero la muerte no existe, no acaece como le grité a La Maga, menos cuando me descubro mirando tu foto, esa donde estas canchereando con el Gauloise en la boca. La muerte no existe cuando camino por Rayuela, o me pierdo en los territorios desterritorializados de 62.

Leo: “...desterritorialización es el movimiento por el que `se´ abandona el territorio. Es la operación de la línea de fuga. La desterritorialización puede estar enmascarada por una reterritorialización que la compensa de esa forma la línea de fuga permanece bloqueada, en ese sentido, se dice que la desterritorialización es negativa. Cualquier cosa puede servir de reterritorialización, es decir “vale como” territorio perdido, en efecto uno puede reterritorializarse en un ser, un objeto, un libro, en un aparato o sistema...”[3]

Los olores me confunden, es mediodía cuando cierro el libro que acabo de comprar. “je voudrais un cháteau saingrant, dijo el comensal gordo que yo podía mirar por el espejo, estaba sentado en la segunda mesa a mi espalda, y así su imagen y su voz tenían que recorrer itinerarios opuestos y convergentes para incidir en una atención bruscamente solicitada”.

Me costó reconocer el lugar, el restaurante Polidor, aun con las erres atragantadas, territorializadas. Había entrado al restaurante con un libro en el sobaco, que había comprado en el 42 de la rue Rambuteau en la Librairie Marissal Bucher, con la certeza de que iba a perderse en la biblioteca, que iba a ser tragado en el olvido de los anaqueles, a ocultarse detrás de las tarjetas postales que suelo apoyar sobre los libros. Pensando que para vos Julio el enigma no está en comprar, ni en elegir una mesa especial “...les autres tables sont reserves, monsieur...”

Quisiera un castillo sangriento, había dicho el comensal gordo . Era el principio de “62 modelo para armar” ese libro maravilloso que se escribió a partir de tu Rayuela. Castillo sangriento, con esa pequeñez de la trampa en la traducción; si cabe esa aceptación de que signant y sanglat se equivalían; Que sabrán perdonar las bellas y largas y rubias y mágicas profesoras de la aliance de la Avenida Córdoba.

Y así recorro París, y me detengo en Saint Germain y Saint Michel y camino el barrio latino y la voz de la Piaf me canturrea en la cabeza, forzando romper la casualidad del encuentro con La Maga, y viajo de Rayuela a 62 con la misma rapidez que voy del invierno al verano. Y tu muerte Julio, que me golpea desde la primera plana del diario “La Voz”, un caluroso verano en Villa Gessel.

Y la lectura, siempre la lectura que me arrincona en el hermetismo. Y es 12 de Julio, y estoy sentado en una mesa que no elegí, en el bar “La Paz”, junto a una ventana que da a la Avenida Corrientes y hace frío, un frío de esos terribles de Buenos Aires que te calan los huesos y no hay bufanda ni ginebra que te puedan calentar, pero aun así la gente arropada, igualmente se mete en los cines, en los teatros o en las librerías que como en el barrio latino, no duermen, porque están abiertas las 24 horas del día, para que podamos acompañar alguna noche solitaria y triste, como en cualquier tango. Y me gustaría tanto encontrar a La Maga, porque se que ella camina por el ancho rumor de Montparnasse, o por Barrio Norte o Almagro, y la busco en los cine clubs si me entero que dan Potemkin, porque sé que ella tiene que verlo aunque se caiga el mundo.

Buenos Aires es también tu ciudad y tu gente, tanto como París es argentina y gardeliana. Entonces estoy allá y acá y el tiempo se me pierde en dimensiones estelares, en los tubos de dentífricos apretados de cualquier forma, en las mediasuelas gastadas, en las hojas amarillas de los libros que leemos y de los que compramos y no leemos porque a ellos también les toca.

Es difícil Julio, tan difícil que tengo que recurrir a explicaciones filosóficas, para encontrar un porqué a este vagabundeo nómade, a esta transfiguración territorial, a este súbito abandono del tiempo y del espacio, a esta locura que se me metan tus personajes en las entrañas, a esta belleza de andar buscando a La Maga desesperadamente entre cuerpos flacos enfundados en rotosos jeans, a este delirio Cortazarito, a este texto que estoy escribiendo o viviendo el día de tu muerte en el mar, o en la Avenida Corrientes, o caminado por la Rue de Seine, o en el restaurante Polidor, escuchando al comensal Gordo pidiendo su chateau saignant. O simplemente rastreando a La Maga.

El tiempo es mi perseguidor, se me acumulan las imágenes en los recovecos virulentos del software de la memoria maquínica. El tiempo me persigue y soy Johnny Carter, y estoy viajando en el Metró preguntándome como las infinitas imágenes que atraviesan mi conciencia pueden caber en esta temporalidad real. Lo que confirma que el tiempo real no existe o por lo pronto, no cabe en el espacio que habito, porque también me pasa eso de vivir un cuarto de hora en medio minuto, o estar viendo pasar lo que pienso sin pensar en lo que veo. Y estoy viajando de Odeón a Saint Germain – des Pres, y en el exacto medio minuto que tarda el tren en recorrer ese tramo, estoy recordando, me veo sentado, al sol en un banco de la Plaza San Martín y tengo 16 años y leo “El Perseguidor”, recuerdo la fisonomía que había pintado en mi mente de Johnny, y se me cruza Charly Parker, el real y escucho Amorous, nota por nota y en el disco tarda 5:40 y miro el reloj y estoy llegando a Sanit Germain des Pres y solo pasó medio minuto
Entonces Julito, el tiempo no existe si puedo vivir un cuarto de hora en medio minuto. Y si el tiempo no existe, no existe ni el futuro ni el pasado y del presente no me ocupo porque en este mismísimo momento sé esta esfumando como una fina y tenue lluvia de polillas muertas. Entonces la muerte no acaece. Tu muerte no ha de ocurrir en febrero, 12 de 1984, que no llegará, aun estando en julio, 12 de 1991.

Y tampoco existe la identidad, que esta para siempre perdida en los documentos y en los pasaportes, vivimos en una multiplicidad de yoes desterritorializados. Entonces soy Vos y Oliveira y Johnny y El que te dije y Calac y Polanco y el Paredro.
Porque si bien estoy convencido de que el recuerdo es una mierda, que la memoria es una caja de basura donde solo guardamos los souvenirs de la pasión, de la vida, sin olores, sin tacto. Con la memoria juego a ser ellos y vos y yo y una ves mas el antes y el después se me destrozan en las manos y los documentos y las identidades se pierden para siempre en los embarques de los aeropuertos, y los singulares seden su guerra eterna ante la pluralidad solidaria y cronópia que transpiran tus textos.

“... acontecimientos, transformaciones incorporales aprehendidas pos sí mismas, las esencias nómades o difusas, sin embargo rigurosas, los continums de intensidad o variaciones continuas, que desbordan las constantes y las variables; los devenires, que no tienen ni términos ni sujeto, pero que arrastran a uno y a otro a zonas de entorno de inefabilidad; los espacios lisos, que sé componen a través del espacio estriado. En cada caso diríase que es un cuerpo sin órganos...”[4]

Y recuerdo, ahora recuerdo una conversación que tuvimos Julio. Estábamos sentados en un banco en Plaza San Martín y te dije: La Maga tiene sus cosas, tiene sus distracciones, en el fondo tiene una vida que quiere vivir y hay que dejarla libre y esto lo digo después de tanto tiempo porque me ha llevado dolor y sufrimiento darme cuenta. En cambio yo estoy vacío, una libertad enorme para soñar y andar por ahí, con todos los juguetes rotos. Y me miraste y me acercaste el fósforo al cigarrillo, te acordas y vos me preguntaste si nos íbamos a quedar todo el día en ese banco y te pedí que esperaras a que terminara el pucho y después nos fuimos caminando por Florida y ahora te encuentro en la primera plana de un diario que dice: Hoy en París, murió el escritor argentino Julio Cortázar. Me llega la noticia de tu muerte. Una noticia que simplemente dice “Murió Cortázar”, y no lo admito. Porque vos venciste al tiempo, dicen que tenías 69 años, pero quien les va a creer eso, con tu cara de pendejo vos tampoco les crees.
Entonces ya estoy aprendiendo, me lo habías dicho, que los diarios no siempre dicen la verdad. Aunque esté, hoy, leyendo “los restos del escritor argentino Julio Cortázar - fallecido el domingo último- fueron sepultados ayer en el cementerio de Montparnasse, en medio del dolor de familiares y de sus innumerables amigos. En una sencilla tumba de mármol blanco fue depositado el ataúd de madera rubia y adornos dorados que contenía su cuerpo.”[5]

Pero vos esa vez me dijiste “sabes una cosa viejo, que todos somos inmortales, que hay un yo dentro de veinte años, dentro de treinta, de cuarenta y cinco, y que ese tipo que esta en alguna parte, y que voy a ser yo a la edad de él, y que cuando yo me muera habrá una sucesión de tipos como yo que sigan mi mismo camino.”[6]

Y te digo una cosa más Julio, lo digo ahora que lo sé, porque tuve que aprenderlo: Somos lo que somos en el momento en que somos.

Estoy en París, es invierno acá, atravesé la feria del Boulevard Edgar-Quinet, me invadieron los olores de verduras y quesos y pescados y flores. Y entré en el Cimetiere Montparnasse y es el medio día y tengo una flor amarilla atrapada en el capitulo 32 de tu Escalera al Cielo.

[1] Julio Cortázar - Rayuela
[2] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[3] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[4] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[5] Diario La Voz 14 de Febrero 1984
[6] Julio Cortázar – Una Flor Amarilla

El teatro de la peste


“Oye, dime, nena, adonde ves ahora algo en mi
que no detestes.”
Luis Alberto Spinetta

Lo encontré en el Boulevard St. Michel a pocos metros de La Sorbona. Se terminaba el invierno y los retoños de la primavera mostraban su gala. Vestía de negro, su cráneo cadavérico, su largo abrigo, su extenso y finísimo cuerpo, el cuello del sobretodo levantado y la cabeza como la de un buitre escondida en el ropaje. Un negro fantasma recorría las calles del Barrio Latino. Camine junto a su pasos sin interrumpir sus pensamientos. Nos acercamos al aula donde él daría su conferencia, dentro de un ciclo a cargo del psicoanalista René Allendy.

Ese día de marzo constituye la experiencia mas profunda que me ha tocado vivir.

El está allí, es Artaud y no habla con nadie, los presentes esperan a un surrealista, a un poeta negro. Temen acercarse a él y a su obra, como temen acercarse a su locura. Allendy se aproxima y lo invita a subir al estrado. Una luz única blanca, opaca y tenue desciende desde lo alto del techo sobre los dos hombres sentados en sillas, el ambiente está despojado de otros muebles. Artaud, sentado, las manos entre sus piernas abiertas, los codos apoyados en sus huesudas rodillas, la cabeza gacha, mientras Allendy lo presenta. De pronto queda sólo y como si recién en ese instante se diera cuenta de la finalidad de su presencia allí, comienza a hablar. Levanta la vista y como si fuera la única persona en el auditorio me mira, estoy sentada en la primera fila, sus ojos me despojan, me penetran, me horadan la piel y desnudan mi alma. Habla y trata de recordarnos que fue durante la Peste cuando llegaron a producirse maravillosas obras de arte y de teatro, porque el hombre, frustrado por el miedo a la muerte, dice, persigue la inmortalidad. Habla Artaud sobre el Teatro y la Peste. Mientras habla y me mira pienso, se alejan sus palabras que conozco y me pregunto cuando empezó esto que ahora va a terminar, como termina el amor y también termina la razón. Esta feroz lucidez que ahora tengo, que me permite adentrarme en su alma como una retrospectiva tempestuosa, que me permite ver que es una despedida, un pasaje de un estado primitivo a un estadío superior, me avisa que este es el final del Artuad que hasta hoy fue. Artaud abandonando a Artaud, su alma, su ser están mas allá de todos los hombres, se está despojando del cuerpo, está rompiendo el equilibrio de la lógica del cuerpo, entrando en la esencia del ser, perdiendo definitivamente la razón de los hombres. “Artaud...la cara de mis alucinaciones. Los ojos alucinados. Los rasgos angulosos, tallados por el dolor. El hombre soñador, diabólico e inocente, frágil, nervioso, potente. Cada vez que se cruzan nuestras miradas, me sumerjo en mi mundo imaginario.”[1] Cada vez que se cruzan nuestras miradas percibo lo que vendrá.
Artaud está extendiendo su imperio mucho más allá de los límites soportables de la razón humana.

Artaud habla: “No podemos seguir prostituyendo la idea del teatro, que tiene un único valor: su relación atroz y mágica con la realidad y el peligro”[2]. Dice: el teatro pide nuevos sonidos, ruidos insoportables, desgarradores; luces opacas, densas, tenues; el teatro pide suprimir la escena y la sala, el decorado y las piezas escritas, el teatro reclama otro espectáculo. Reclama la cruda realidad en la escena, la cruda visualización de lo que se es, imágenes de lo que no se es. No un escenario sino el dolor mismo, única cama donde descansa la realidad.
El esfuerzo que Artaud hace por explicar lo que no pueden entender los pobres intelectuales allí reunidos, lo va desesperando y a la vez preparándose para su transmutación.

Artaud hace silencio, un largo silencio que incomoda al auditorio. Ya no me mira, ya no busca mis ojos, ya se ha ido de nosotros, del fuego que nos quemaba, Artaud no esta actuando, Artaud abandonó su cuerpo, Artaud esta atravesando la vivencia del dolor y va a hacer participar de su experiencia a los presentes. Lo que era una conferencia sobre el Teatro y la Peste, pasó a ser “La Peste”.
Casi imperceptiblemente, abandonó el hilo que seguíamos y comenzó a actuar como alguien que se estuviera muriendo de cólera. Caído sobre el piso, metiendo sus dedos en su boca, vomitando sus flemas apestosas, temblando su fiebre negra, la boca seca, pastosa, los ojos extraviados muriendo en la escena, para ilustrar la conferencia, Artaud representaba una agonía. Al principio la gente contenía la respiración. El incomodo auditorio no sabe y no entiende a una mente libre de las ataduras de la razón. Después se puso a reír. ¡Todo el mundo reía! Silbaban.
Había hacia el fondo de la sala una media docena de tristes graciosos, se burlaban. Con muchas ganas los incondicionales de Artaud hubiéramos actuado, pero el genio de Antonin nos permitió asistir a ese espectáculo. Artaud triunfaba, mantenía a distancia la burla, la necedad insolente.
Yo conocía bien a Artaud, su desamparo y su genio, nunca hasta entonces me había parecido tan admirable. De su ser material nada subsistía, solo lo expresivo. Su estatura desgarbada, su rostro consumido por la llama interior, sus manos extendidas hacia la nada, como las manos de quien se ahoga, tendidas hacia un inasible socorro. Artaud retorciéndose en la angustia, ahora cubriendo estrechamente su rostro, ocultando su cara y mostrándola alternativamente. Todo en él narraba la abominable miseria humana, una especie de condenación inapelable, sin otra escapatoria posible que su lirismo arrebatado del que llegan al público solo fulgores obscenos, agresivos y blasfemos. Ahí estaba el actor maravilloso en el cual podía convertirse. Pero es su propio personaje lo que ofrece, una especie de farsa desvergonzada donde se transparenta una autenticidad total. La razón retrocede derrotada, no solo la suya sino la del auditorio, espectadores de un drama atroz. Ya nadie entre los asistentes tenia ganas de reír Artaud nos metió en su juego trágico de rebelión contra aquello que, admitido por todos, permanece inadmisible para el más puro.

Dijo:
“Aun no hemos nacido.
Aun no estamos en el mundo,
Aun no hay mundo
Aun las cosas no han sido hechas
La razón de ser no ha sido encontrada”[3].

Se sentó nuevamente en su silla, abrió sus largas piernas, apoyó los codos en las huesudas rodillas y bajó la cabeza. El publico estaba conmovido, miserablemente conmovido. La peste, la locura, había entrado en sus casas y ya no saldría. Se acababa de ver a un hombre miserable, atrozmente sacudido, al borde del precipicio infinito expuesto a las tormentas de un rito donde es el sacerdote y la hostia.

Me sentí avergonzada de retomar el lugar en un mundo donde la comodidad está hecha de compromisos.

De uno en uno, empezaron a irse silenciosamente.

Me acerque, puse mi mano sobre su hombro, sentí sus temblores, el cuerpo regresaba al cuerpo, levantó la vista, su rostro reflejaba un cansancio milenario, bajo sus ojos, enormes ojeras que reflejaban que lo que había ocurrido no había sido en vano. Gimió algunas palabras con los dientes apretados, negros del vómito, creí escuchar “no estoy atado a ningún sueño, el mundo ya no puede atraparme.”[4]

Nos fuimos sin hablarnos.
[1] Anais Nin, en "Incesto: diario no expurgado"
[2] Artaud “El Teatro de la Crueldad”
[3] Antonin Artaud. “El ombligo de los Limbos”
[4] “Las habladurías del mundo” del Disco Artaud de Pescado Rabioso, Letra y Música: Luis Alberto Spinetta

Verde, verde, sangre y bruma


“Si no mato a esa rata se morirá”
Samuel Beckett


Muchas veces las palabras nos abandonan, a veces no son mas que literatura. A veces los seres no son más que parlantes vacíos. La informe figura de la nada.

Camino, es de noche aun, el amanecer no se hará esperar. Hace unos minutos estaba en casa, sin poder dormir. Mirando la pared. Viendo la luz que se extingue. Mi luz que se extingue. Un universo gris, negro claro.
Estaba maldiciendo a mis padres, a esos fornicadores. No se. ¿Cómo puedo saberlo?. No entiendo. No entiendo palabras como ayer o mañana. Que significa ayer, si la naturaleza nos ha olvidado. La naturaleza no existe si sólo respiro, si se me cae el pelo, si pierdo los dientes, como voy perdiendo las ideas y la soberbia de... ¿De cuándo?.

Miro mi luz que se va extinguiendo, ya no puedo dormir. Si pudiera, haría el amor en sueños, correría por el bosque o la playa, vería otro cielo, celeste pleno de sol. Pero ya es tarde. Un día voy a quedarme ciego, un día sentado en cualquier lugar, con esa pared adelante, lleno de vacío, para siempre en la oscuridad. Un día voy a decir: “estoy cansado, voy a sentarme” y voy a sentarme. Después voy a decir: “tengo hambre, voy a buscar algo para comer” y no voy a pararme, voy a quedarme sentado pensando que estoy yendo a buscar algo para comer, pero voy a estar sentado. Entonces voy a decir: “Me voy a quedar sentado un rato más”. Después voy a decir: “tengo sueño, voy a cerrar los ojos para dormir un poco” y cerraré el ojos y dormiré pero cuando los quiera volver a abrir no voy a poder. Entonces voy a imaginar la pared y la pared que imagino es la misma que ahora tengo enfrente llena de vacío. Entonces voy a pensar: “estoy muerto”, pero no voy a estar muerto, es como morirse sin muerte. La nada que rodea la nada, rodeado de nada en un universo gris, negro claro.

No tengo la necesidad de creer. Siempre el horror de vivir frente a la imposibilidad de morir. Lo bueno es no haber nacido jamás, el bien se hace muriendo. Pero el hombre no morirá, maldigo a los progenitores, nada que no haya tenido vida, morirá.

Todo se va degradando en el camino del silencio de esta nada, entonces el lenguaje está condenado a decir de su imposibilidad.

Aun así, no tuve desde aquel día la necesidad de creer, pero si algún día lo necesitara y pudiera volvería a creer.

Todas estas palabras son el eco de esta historia que quiero contar. Una historia que un día pasó, que simplemente pasó. Una vez estuve a punto de ser muerto por un hombre y desgraciadamente eso no ocurrió, realizó un trabajo a medias y me dejó medio muerto, pero medio muerto, no muerto, medio muerto es vivo y estar vivo a medias no es más que el destino de la humanidad.

Desde siempre camino, como ahora que salí de noche, por la calles de Dublín, es el recorrido habitual, el de todos los amaneceres, de todas las mañanas hasta cerca del medio día, cuando la niebla comienza a disiparse. Camino embriagado por mi propio silencio, con cierta imposibilidad de darme respuestas.
Salgo de casa en la insistencia de la noche y hago siempre el mismo recorrido, salgo por Crumlin Rd. y camino hasta el canal del sur, tomo por Parnell Rd. y bordeo el canal, impregnándome de ese persistente olor a levadura de cerveza, que es mas fuerte que mis sentidos, allí algo de la rutinaria espera de la nada, se contamina con las percepciones olfativas. Sigo adelante por el camino trazado, envuelto en la bruma que llega desde el río, que impide ver mis desgastados zapatos, voy por Grove Rd. hasta Pombroke Rd. cruzo el puente rumbo a Stephanie Baggot y de allí a la Estación de Westland Row, me invaden las voces de los dublineses que van y vienen con sus destinos de trabajo y falsa alegría. Apuro el paso por Doller St. Hasta tomar contacto con el Liffey. La bruma empieza a perder su eterna guerra con la luz y los grises ceden y los verdes le dan color a toda Ireland.
Salgo en la insistencia de la noche y voy de la oscuridad a la luz como quien recorre un túnel, voy del negro al verde esperando que los rojos me invadan por completo, esperando que el rojo de la sangre den lugar al negro más profundo, al sentido único de la existencia. “El bien se hace muriendo”.
Salgo de noche aun, a hacer el recorrido matinal, todos me conocen pero cuando me cruzan no me miran, a mi paso aceleran su paso y agachan la cabeza. Sé que el respeto a mi silencio es su reconocimiento. Camino hasta el Liffey, camino mis calles de siempre, cuando llego a Westland Row, donde la niebla se disipa, lo veo, él está allí, ese congénere que como yo repite su rutina, se que me espera como yo espero encontrarlo, todos los días de todos los meses él esta ahí, como una presencia, como está la estación de Westland Row, como estoy yo, en Westland Row. Soy como el tren de las 7.45, aseguro la puntualidad de mi paso, él es como el edificio, allí esta a toda hora y por lo visto eternamente. Me creo tan pobre como él, pero lo soy más. El tiene esa daga de empuñadura de marfil y doble filo curvo con la que juega mientras espera.

Tengo que salir todas las mañanas aunque sea un suicidio andar por ahí. Pero de lo contrario ¿Qué hace uno en la casa?. Si es un lento diluirse. Si estoy blanco, cubierto de polvo hasta los pelos. Tengo que salir para ir echando pestes en silencio. Tengo que salir de mi casa para encontrar una pregunta como respuesta. Tengo que salir de mi casa para ir echando pestes en silencio, pensando en la madrugada fría en que fui concebido. Salgo en la insistencia de la noche porque no puedo conciliar el sueño. Camino hasta el mediodía, las calles son mi casa, esta ciudad donde la niebla se confunde con la bruma es mi casa, camino hasta que los verdes le ganan a los grises. Camino para verlo sentado esperando, jugando con su daga. Camino las calles católicamente protestantes de mi Ireland

Camino esperando el día que decida pararse y abrirme el vientre con su filosa daga. Espero el día que mi carne consienta el derroche de los rojos de la sangre. Pero hoy como ayer y antes de ayer y antes de antes de ayer, es tarde. Es tan tarde que no me animo a mirar el reloj de Westland Row. Cuando abandoné la casa era tarde, ahora es demasiado tarde, doblemente tarde. Era tarde ya aquella fría madrugada en que fui concebido.

Camino cada amanecer de insomnio, camino por este laberinto de casas que es Dublín, camino y mis pasos son lo único que no es literatura, lo único que no es utopía o simulación, lo único que no es engaño. Camino mientras la cosa no intenta absorber el flujo del simulacro. Mis pasos son mi realidad, paso a paso mi presente anda y es mas que la palabra envoltorio de la cosa. Camino y no me llega nada o me llega la variedad de la nada. Cada rostro, cada gesto, tienen la misma realidad que las fachadas de las casas, que el olor a levadura de cerveza negra de la fábrica Guinness, la misma realidad del canal, del Liffey, una realidad envuelta en los grises del silencio y de la injusticia de la seguir muriendo perpetuamente. Solo él me permite saber del fino hilo que separa la realidad de la literatura. Él y su daga.
Es tarde, aquí nunca pasa nada, no pasará nunca jamas nada. O si las cosas pasan, después vuelven a sus estanques. Como aquel día cuando me levanté del insomnio nocturno, una madrugada y abandoné la casa maldiciendo la fría noche de enero en la que nací. Como aquel día que fue el primero de la cuenta, de una cuenta que solo sabe de calles hasta Westland Row. Tendría que haber sido un aborto. Salí a la calle oscura, la niebla era espesa y salí a caminar hasta el Liffey como ahora, esperando que al fin pasara algo, como ahora. Esperaba entonces, hoy la esperanza no interviene en esta espera. Esperaba que la conjura estelar acordara con el azar, que los astros se ordenaran de tal forma que la rutina se rompiera y que los grises dieran paso a los verdes. Aun creía, no he tenido la necesidad de creer desde aquella mañana en Westland Row. Llegué preguntándome cómo dar muerte al muerto que me habitaba y allí estaba él, tirado frente a la entrada de la Estación de Westland Row, tirado jugando con su daga, esperando. Aquel hombre esperaba. Entonces me mató, o no, no se. Estaba determinado, escrito, puesto en letras en algún lugar de la literatura. La fortuna del azar, los dados del universo echados por la mano del señor de las escrituras. Entonces no es necesario creer. Aquella mañana que temprano salí de la casa maldiciendo el hecho de haber nacido, encontré la forma de perder la fe, la esperanza, la creencia. Entonces no es necesario creer, el destino es inasible, acaece, ocurre. Aquel día no tenia que morir, nada que esta muerto puede morir, nací muerto, entonces gané la inmortalidad de seguir la rutina de mis pasos, de caminar desde Crumlin Rd. a Westland Row y después hasta la orilla Sur del River Liffey. Nací muerto pero no es una cualidad de esta mi rutina. La humanidad ha nacido muerta y ese es su destino de inmortalidad.

Camino Dublín, que es mi infierno y mi purgatorio, esta ciudad contradictoria y creyente, camino la ciudad de la fe, con el polvo del ostracismo sobre el cuerpo. No entendía entonces, no entiendo ahora. El destino, la encrucijada, los caminos que se cierran en la ciudad donde la bruma se mezcla con la niebla, sobre la espesura de la niebla de Dublín, desapareciendo a la hora que los verdes le ganan a los grises en el eterno juego del doble espejo, en la repetición, en la insistencia, en lo que no cesa de no ocurrir. Para teñir con sangre la bruma, verde, verde, sangre y bruma. La niebla cerrándose al mediodía sobre una ciudad fantasma, perdida en la bruma de los mares helados, del Mar del Norte, como un barco a la deriva navegando hacia la nada. La daga penetrando la carne, la bella daga de marfílica empuñadura, con su hoja de doble filo, curva. La daga desgarrando la carne joven, desgarrando la terquedad del cuerpo, rajando la robustez de la carne, penetrando las vísceras. Multiplicando los verdes en rojos, matando mis ansias de comerme la vida.

Sin oráculos, recorro las imágenes de una fría madrugada en Foxrock, de una fría madrugada de enero en Foxrock. La imágenes de los rostros de mis padres. La imagen de mi boca echando pestes en voz baja. La imágenes del día en que nací. Las imágenes del error de haber nacido.
Entonces comprendo que ya era tarde, demasiado tarde, era tarde cuando salí de casa porque era tarde aquel día de enero en Foxrock cuando nací. Era tarde porque nada puede detenerse, es un continuo, algo que marcha, algo que camina hasta Westland Row y de allí, a las orillas de Liffey, es algo que marcha y hiede a levadura de cerveza negra de la fábrica de Guinness, una mierda que marcha. Entonces es demasiado tarde, triplemente tarde. Tarde. Tarde.

Por la ciudad de Dublín, donde la bruma se mezcla con la niebla, de Crumlin Rd. a Westland Row, con el olor del Liffey, hasta la daga de doble filo, esperando que los dados del universo se agiten, que los grises sean verdes y estos den paso al rojo de la sangre para que triunfe el más oscuro de los negros, que el gris sea negro plomo claro de un particular mediodía.
Él espera, yo ya no espero. Soy el fantasma de Samuel Beckett, caminando sobre el verde plomo bruma rojo sangre de Dublín. Soy el fantasma que camina maldiciendo a sus padres, echando pestes en silencio por el infortunio de haber nacido, sin vida como cualquier otro congénere. Nada que no haya tenido vida podrá morir.

Esta es la inercia del final, seguirán ocurriendo las cosas en el juego del doble espejo, una repetición de los ecos del sueño de un dios niño e imperfecto, arrojando los dados. Mientras esto siga es el fin. El fin como finalidad y no como culminación, este es el fin que marcha, que insiste, con la insistencia del aun.

Camino voy de Westland Row al olor de River Liffey, de la bruma gris al sangriento domingo sangriento a mi verde Ireland y me pregunto: ¿Por qué?.

Perros después de una lluvia de perros


a: Anacleto Pereyra

Llegamos antes que el recolector de basura embarcados en un tren que naufraga como perros de la lluvia”- Tom Waits


Aun camino por la avenida, camino buscando viejos bares, que ya han pasado al olvido, que han entrado en la maraña del tiempo, en el juego de la agujas de un tiempo. Ese juego ya no es para mí. Camino, igual camino, busco entre las caras, caras conocidas. Busco y se que no hay nada que encontrar, lo que encuentro está en mí; solo recuerdos, restos inconclusos, pedazos, resacas de antaño. Camino, aun camino sabiendo que este lugar ha cambiado. Lugar, lugares que meamos como perros, territorios que creímos nuestros, pero la lluvia lavo todos y cada uno de nuestros apestosos meos. Un día despertamos y ya no estamos en casa, somos perros después de la lluvia. Un día cualquiera el mundo cambia y nos quedamos sin historia, soñamos, siempre soñamos demasiado. Nos creemos una vida, nos vendemos una vida, una imagen de nosotros mismos que llamamos identidad. Nos dan un carnet, nos ayudan a creer que somos eso, pero un día caen todos los semblantes, caen todos los sueños como caen los muros. Nos creemos una vida que no es ni siquiera una promesa. No se por qué utilizo el plural, si los perdedores somos de a uno. Donde quedó el viejo sueño beat opacado detrás del humo de un enorme y bélico porro. El onírico porro de una realidad que creamos como si fuéramos dioses. Ya no hay fumo, nos quedamos, me quedé sin revolución, sin religión, sin psicodelia, sin libros, sin rocanrrol. Un frasco, un pedo. Nada.

Ya no se puede regresar, es un hecho. Después que la lluvia lava nuestras marcas, es imposible el regreso. Somos perros perdidos, sin territorio, nómades sin retorno. Perros después de una lluvia de perros.
Ahí nuncajamasnadie.

Aun así podría afirmar que es una época de milagros, los días del sueño psicodélico quedaron atrás, los locos del flower-power descansan cómodos en sus sepulturas repletas de hachis y morfina. Los adoradores del sexo en libre habitan el infierno de la impotencia o del Sida. Los audaces artistas del trapecio se han roto el cuello. Esta es la época del prodigio, de los grandes milagros. La ciencia abdicó a favor de los que enseñan gratuitamente las técnicas de la destrucción. Definitivamente la imaginación no ha tomado el poder.

Pero hubo una época, otro tiempo que se abrió como un tajo entre dos ordenes, una ruptura del orden establecido que nos cargó de esperanzas, ya muertas. Hubo un tiempo que Frisco era nuestra. Caminábamos alegremente sus calles y podíamos acercar nuestro aliento a los cuellos excitados de las mujeres mas bellas, tomarlas como propias, dejarnos tomar como ajenos, lograr en la acción la identidad plural.
Pero sin saberlo llegamos al portón oscuro y ruso de “La Fe”. A un gran portón de hierro que chirrea sobre las baldosas flojas al abrirse, entre las tripas desparramadas de los tachos de basura hediondos, entre los manjares que buscábamos como perros, ahí encontramos el engaño. ¡¡Santo Dios, Cristo: “La Fe”!!.
Una Fe de ilusos, de disminuidos mentales, de canallas.
***
Jack está solo, niega ser el padre de la generación beat, simplemente como un intento de no reconocer al hijo no deseado, niega ser el símbolo genético, el gran padre blanco y precursor intelectual de la psicodelia. Jack vive detrás de una botella de Jack Daniels, el bourbon es su compañía. Jack vendió su correspondencia con Ginsberg a la Columbia University, compro una casa nueva en Lowel, se mudó con Memere y se sentó a esperar el final de su camino a ninguna parte. El día que la mejor estrella de la tarde, justo antes de que caiga el día dedicara sus mejores destellos a la noche, Jack se alejó de sus amigos. En Lowel, ya nadie lo reconoce, es el pueblo donde nació pero allí el es un extranjero, él no reconoce a nadie y nadie lo reconoce a él ni a Memere. En las calles del pueblo es reconocido solo como un borracho cualquiera. Es un perro de la lluvia, una mosca de bar, un paria. Kerouac el creyente está librando su propia guerra, una guerra que como todas no admite triunfadores, solo muertos, solo destrucción. Está paranoico, alejado de Neal, de Allen, del viejo Willy, de los Corso, de Peter. Está solo con su madre en el pueblo en que nació, solo con Memere y los gatos. Siempre le gustaron los gatos a Memere, ahora los patea todo el tiempo. Sale solo para ir a los bares donde tiene algunos amigos que se emborrachan con su dinero.
Vuelve siempre borracho, sale de su casa borracho. Dice que el alcohol es su única religión. El alcohol es su último bastión, el último bastión de la ilusión.
Su tema real es la destrucción, la desilusión sistemática respecto de la vida, una preparación lírica para el fin, que espera sin ansiedad con la seguridad del que sabe que todo ha terminado, que el diluvio terminó, que solo debe esperar que se haga la claridad. Esa espera lo tiene seco y vacío y loco.
Jack siempre estuvo loco, deseaba la esencia, la tenía entre sus manos, como a una mujer, y aún corría en todas direcciones tratando de hallarla en la puerta siguiente. Ahora sentado frente al televisor, lo hace diariamente, con su botella preferida y su libreta de apuntes. Ya no escribe, pero no ha perdido el hábito de la compañía de su libreta de apuntes, donde anota de vez en cuando alguna palabra que segundos después perderá sentido. Mira viejas películas de westerns, horas frente al televisor, con Gary Cooper, con John Wayne, alentando siempre a los indios que terminarán irremediablemente perdiendo. Entonces, se quedará tranquilo.
Memere preparará la cena; Jack la peleará un poco con cualquier motivo, simplemente para saber que aún le queda su vieja madre. Luego irá al bar, caminando como pueda, y regresará como pueda, caminando con el sol, al mismo sillón frente al televisor donde dormitará su eterna borrachera.
Él quiso volver a Lowell, Massachusett, de donde había salido tanto tiempo atrás. Volver a Lowell con Mermere en un viaje destino al polvo, un regreso al vientre, una involución si se pudiera. Un estar en el camino, en una cinta asfáltica que no se puede abandonar; hoy acá, mañana a mil, dos mil kilómetros, y en otro punto llegamos al mismo lugar, lo reconocemos, pero ya no es el mismo, mientras estuvimos en el camino algo cambió, o todo o nada, pero es siempre un lugar nuevo. Jack Kerouac había generado efectos sobre el mundo, sobre la política, la filosofía, la literatura. Deseaba no haber vivido. Sus libros, que pasaban de mano en mano sin reconocer dueños, que se leían en grupos y en voz alta, habían marcado a toda una generación, que lo reconoció como padre. No fue Kerouac quien cambió la historia; el pensamiento solidario, la defensa de los derechos ciudadanos, el movimiento civilista de aquellos años se gestaron en el movimiento Beat.

Obviamente Jack era lo suficientemente anarco coma para estar en el tapete político, si bien luchó fuertemente por la libertad y para que el control de la droga regrese de las manos policiales a las manos libres del usuario.

Jack quiso volver a Lowell. Perseguido por un sueño recurrente, aterrador pero feliz, de volver a caminar por las calles desiertas del pueblo que lo viera nacer. Caminar en el crepúsculo, en el ocaso. Con la tarde tambaleante y alcohólica. Jack quiso volver a Lowell, un lugar donde las necrológicas superan a los nacimientos, para beber su final de ruta, para contemplar como los guardarail se pierden en senderos angostos que conducen siempre al mismo bar, al mismo sillón, a la misma botella, a lo mismo.

Se perdía en monólogos febriles y delirantes y poéticos, cargados de recuerdos y de plurales como si hubiera desaparecido su identidad para ser un colectivo.

(No habíamos querido otra cosa que contemplar la totalidad de la realidad temblando en una gota de rocío prendida del capullo de una rosa. Ese era todo el sueño. Abrir las puertas de la percepción. Pensar mas allá del pensamiento. Crear mas allá de la creación. Exigir al máximo a la utopía. Pero Dios no es perfecto. Eramos Dios, prendidos de un terrón de azúcar con las gotas de un rocío psicodélico y poderoso. Solo gotas de rocío en un terrón de azúcar y nos encontrábamos con el lugar de todo lo posible, golpeando las puertas del cielo. Pero Dios nos abandonó por egoísta y megalómano. Temblábamos frente al perdón eterno de la comunión. Habíamos encontrado el remedio, el farmacon, libre y solidario y desiderativo.)

Jack era bien parecido, en New York en el verano del 58. Una nariz penetrante, boca ancha. Una frente que se perdía en el rizado pelo castaño. Jack era seductor, su grupo era seductor, el pensamiento seducía. Pero diez años después veía el mundo desde el opaco fondo de un vaso repleto de whisky. Había perdido la línea y era mas bien una bolsa de grasa sin ningún encanto. Ya no conseguía mujeres con la facilidad de otros tiempos, tampoco le importaba el sexo. Pero necesitaba del afecto de sus amigos a los cuales fue abandonando porque se acordaban poco de él. Se había alejado de Allen porque no había podido excitarlo lo suficiente cuando lo invitó a la cama. Jack se fue alejando de todos y Lowell fue su paradigma. De vez en cuando, borracho como siempre, llamaba por teléfono a la madrugada a Neal o al viejo Willy que simplemente lo saludaban con una puteada de insomnio extinguido. Burroughs en una de esas llamadas le había dicho simplemente: “Es inútil Jack, jamas podremos regresar a casa” y le había colgado. Jack recobró la lucidez por algunos días y estuvo jugueteando con la frase hasta que se perdió en su nomádica memoria. Nada era tan perfecto como aquella frase, jamás podremos regresar a casa, por lo pronto no de la misma forma, no iguales, no a la misma casa. El sueño Beat americano se caía como el imperio en los montes vietcong. Y para Jack todo era demasiado tarde, el había ironizado con los valores burgueses mas preciados del imperio, simplemente para escribir un libro más. Ahora, miraba películas viejas en la televisión, mientras se emborrachaba, porque ya nada le importaba. Sus sueños se morían en el letargo y en la soledad y en la monotonía.

Todo estaba en el camino correcto. Sus libros se vendían y nunca le faltaría dinero. Aun así, seguía siendo marginal, simplemente había perdido el valor de la ilusión. Era un perro después de una lluvia de perros.

Durante el último tiempo había estado llamando a sus amigos del circulo beat a horas imprecisas. Querer o pretender comunicarse con Neal Cassidy al mediodía era una tontera, pretender hablar con Neal o con el viejo Willy, era un absurdo. Ellos vivían muy lejos de las comunicaci0nes telefónicas perdidos en las miserias de sus noches cerradas.

Sentado en su sillón, frente a la pantalla de la TV sabiendo de la imposibilidad de regresar a casa, llamó a Memere, en un grito ronco y seco y último y eterno. Una vena reacia a la mediocridad de su otrora genial cerebro, dejó de tocar en armonía. Adiós amigo Jack. Mientras viva la pasión, viejo Jack, aunque tu cuerpo esté muerto. Adiós Kerouac, la vida nunca empleó la palabra amor. Adiós ellas es un cuerpecito dulce desnudo sobre sabanas revueltas por la excitación de la noche anterior. Adiós, en Lowell como en Frisco, todo es gris del grisáceo del final, casi se puede oler una lluvia de perros en el aire. Adiós Jack en tu féretro tu incongruente traje sport a cuadros negros y blancos, tu comisa celeste, tu corbata roja, el rosario entre las manos y el rostro frío, tus ojos maquillados, blanco como el talco. Adiós Jack, con tus sueños rotos, solo como ahora Memere. Los amigos pedirán disculpas por no haber llegado a tiempo.

Film - Adiós Volodia


“Resucitadme, aunque solo sea
por ser poeta”
Vladimir Maiakovski



Un hombre no se destruye a causa de un amor desdichado, sino a causa de haber dejado de amar.

La secuencia se abre sobre un plano general de una habitación de un austero departamento, atestado de libros y papeles desperdigados por todos lados, bollos de papeles de una escritura imposible. Botellas vacías, cadáveres del intento vano de calmar el dolor del desasosiego.
La claridad de un amanecer, está ganando su espacio, penetrando por el ventanal que se abre a Moscú. Hace frío, es primavera. En la habitación contigua alguien, un hombre alto, joven, fuerte, de mas de treinta y cinco años, se lo ve contrastando con las últimas sombras tratando de incorporarse de la pequeña cama. Se escucha su vos somnolienta y angustiada. Repite infinitamente un nombre: Lilik. Llora, repite el nombre, dice: ¿por qué no estas acá?. Lilik. Lilik no puedo soportar este dolor. Este clavo en mi zapato arde mas que todo el infierno del Dante. Lilik no quiero vivir mas así, esto es sin sentido, esta vida no tiene sentido.
De pronto cambia bruscamente el tono de su voz y comienza a gritar enérgicamente. ¿Quién mierda es ese Yermilov?. Golpea en la penumbra del ambiente, golpea con la palma de la mano su pierna. Se para y pega una patada contra la cama que se levanta como si fuera un papel. Se tira sobre ella y llora.

Ahora la cámara se abre camino para ingresar en el baño, cuya puerta abierta deja ver el espejo y el lavatorio, el zoom sobre este permite ver como el hombre se acerca y va ganando la luz. Tiene un rostro de cansancio y de pena, de dientes mordidos, de mandíbulas nerviosas. Cejas firmes, tiene el pelo extremadamente corto, una boca plana y ancha. Se mira al espejo y acaricia el mentón que lleva días sin afeitar, se mira largamente, como si quisiera perder tiempo, estirar los momentos.
Es Moscú, corre abril de 1930. Se acaricia el mentón y dice: ¿Lilik, por que no estas?. Una lagrima cruza su rostro, un rostro que jamás hubiera imaginado una lagrima cruzándolo. Balbucea palabras incomprensibles, se dispone a afeitarse. Nadie se acuerda de mí –dice-. Siento a Serguei en mi cuerpo. Camarada Serguei -se dice al espejo- ya no puedo escribir, ya no puedo pintar, no puedo hablar delante de mis compañeros. Serguei todo fue una gran farsa.
Habla, golpea las paredes con el perfil de sus puños. Se mira en el espejo, tiene una mirada profunda, y triste, y obcecadamente desesperada.
Mira las arrugas que le cruzan la frente. Le marcan los rasgos. Lo llenan de dureza.
Se siente viejo, odia lo viejo, lo inmodificable.
La cámara toma su mano alcanzando la navaja, estirando un filón de cuero adherido a la pared, acariciando una y otra vez, el pedazo de cuero con la navaja, una y otra vez. Lentamente. Una y otra vez. Apoya el pulgar de la mano derecha sobre el filo. Abandona la navaja sobre el lavatorio y va a alimentar una brocha de cerda suave y negra con jabón, que distribuye con parsimonia sobre su cara. Por un momento la tristeza deja lugar al placer. Se mira constantemente los ojos, como si el espejo le regresara una realidad a la cual no pudiera aferrarse. Como si la realidad se le escapase. Toma la navaja nuevamente y comienza con el rito de afeitarse, repite mecánicamente el movimiento. Dice con voz firme: Yo esperé, ya no puedo esperar mas, los días se me pierden entre los meses. Un hombre debe hacer algo.
Volodia piensa como si estuviera escribiendo. escribe con su voz interior. Escribe cuando habla.
Levanta la vista al techo y dice: Pasó mucho tiempo, demasiado. Todo quedó tan lejos, perdido. Se lava la cara, se moja el pelo corto y prolijo. Camina se para frente al inodoro y mea; mea largo y amarillo, ámbar brillante en el contraste de la luz que lo ganó todo. Se mira mientras mea. Dice: El equilibrio entre la producción mágica y la producción automática se ha roto. Mira al techo y repite lentamente un nombre: Lilik.

Ahora la cámara se posa sobre una mesa. Libros, papeles, cigarrillos, vasos, botellas, una hoja con una frase escrita con fuertes trazos, casi con rabia: “Es mejor morirse de vodka, que de fastidio”. Su mano toma el papel irrumpiendo bruscamente en la escena. abolla la hoja. Camina, se para, mira fijamente la pared blanca. No hay nada allí. Mira. Afina la vista. Murmura, dice cosas incomprensibles. Se queda callado un momento y de pronto irrumpe en llanto y dice: Me estoy volviendo loco, te extraño y te perdí.

Ahora está sentado en un sillón, con el diario en la mano. Se lee “Pravda” en la gran hoja que casi tapa por completo su rostro. Se escucha su voz que lee con energía: “Amaba frenéticamente la vida, amaba la revolución, el arte, el trabajo, se amaba a sí mismo, a las mujeres, amaba el peligro. Su maravillosa energía superaba todos los obstáculos. Pero ahora presente esta obra. Pretende ver una realidad que no existe. Quien puede creer en tal peligro de burocratización del poder del proletariado”. Se detiene bruscamente, se para la cámara toma su rostro que se va endureciendo, arroja el diario con furia y grita: Hijo de puta, Yermilov, hijo de puta, eras mi amigo, en quien puedo confiar carajo, es demasiado para mí. Lilik ya no me ama, mis amigos me traicionan o se mueren. Se están derrumbando todos los sueños. Se calma, piensa trae de su memoria versos que dice al aire escribe cuando habla: Excepto lo que siento, excepto el odio, el dolor, el amor, para mí no existe ni el mar, ni el sol, ningún sonido me alegra, excepto el recuerdo de tu mirada, no tiene poder el filo de un cuchillo. No sé dónde estarás ahora, ni con quien. Pero quiero con la ultima ternura alfombrar tu paso que se aleja.
La cámara gira sobre su imponente cuerpo, lo va tomando en círculos. Volodia actúa, presenta su propio dolor en su escenario preferido; la soledad.

En 1908 se afilió al entonces Partido Social Demócrata Ruso de los Trabajadores, era un bolchevique que había pagado con sangre la cárcel de los zares. Preso en Bassmannaia y Butirki, incomunicado, celda 103, once largos meses. Leninista. Trabajador de la cultura. ¿Quién era Yermilov y esos burócratas que guardaban y celaban el poder que le pertenecía a los trabajadores?, ¿Para que habría servido tanto esfuerzo, si algunos se habían robado la revolución?. Lilik ya no lo amaba, él la seguía amando como el primer día. Estaba sólo, su amigo Serguei muerto un año atrás, sin Lilik y juzgado por sus propios camaradas. No podía escribir.

La cámara toma un plano de su boca que dice: No es fácil bañar al rebaño de burócratas. No hay en todo Moscú suficiente duchas, ni jabón suficiente. Mas si los burócratas están metidos hasta en la critica literaria.
Se oscurece de pronto la habitación. Gris. Negro profundo.

Ahora la toma se inicia con un largo cuerpo tendido en la penumbra de la cama. La puerta del baño sigue abierta. Es 13 de abril, es Moscú, es el año de 1930. Volodia llora, es un niño que se cree viejo.
Piensa repetidamente en su amigo Serguei. Entonces el vacío vuela atravesando las estrellas. Volodia llora y no es la primera vez. Extraña a su amigo, extraña la revolución, extraña a Lilik. En una oportunidad llamó a Lilik y le dijo que se iba a matar. Cuando ella llegó encontró un revolver sobre su mesa de trabajo. Él le dijo que se había pegado un tiro, pero el arma se había encasquillado y que no había tenido la valentía de intentarlo nuevamente. Él le esperaba hoy ya no la espera.
Aquella vez habían jugado a los dados y mientras jugaban él le había dicho: Así es el destino, como un juego de dados.
Volodia pensaba crónicamente en el suicidio, como Serguei que se había cortado las venas para escribir con su sangre un último poema.

La cámara esta detenida como la vida de Volodia. Un foco fijo, sobre un cuerpo largo, tendido boca abajo sobre un revoltijo de colchas. Ese hombre vencido, desengañado fue un hombre integro, un utópico racionalista, un hacedor de ilusiones, un creyente, un iluso. Creía en el amor, en la pena, en el sacrificio para sacudir la monotonía de la vida cotidiana, para romper con los barrotes de la cárcel de lo cotidiano. Pero sus enemigos sabían que no hay mejor manera de aniquilar a un hombre que rodearlo, salpicarlo y finalmente hundirlo en el barro de la vulgaridad.

La cámara continúa detenida sobre el cuerpo de Volodia, que yace tumbado de espaldas en la penumbra, que se sacude con los pequeños estertores del llanto. el mundo que parecía cambiarlo todo, que prometía hondas transformaciones en el hombre, el mundo que Volodia el poeta, trataba de construir, como uno más en la Rusia soviética de los años 20, comenzó de pronto a mostrar sus grietas, a dejar caer de vez en cuando sus andamios, que inevitablemente arrastraban a los que trabajaban arriba, como aplastaban a los que esperaban esperanzados abajo, abierta la hambrienta boca, la llegada de la nueva vida.
Ahí el barro de la vulgaridad salpicando con burocracia, achanchamiento, insensibilidad.
Había perdido las ilusiones. No se había dado cuenta. No sabía dónde. El hombre no se destruye a causa de un amor desdichado, sino a causa de haber dejado de amar. ¿Van Gogh, se cortó la oreja porque una puta lo rechazó? ¿Qué era lo que estaba destruyendo a Volodia, la partidocracia o su desdichado amor por Lilik?

La imagen se traslada a la otra habitación. La luz está encendida y se ve el plano de la mesa de trabajo. Pilas de libros mal apilados, revistas y diarios, bollos de papel, un par de anteojos de carey negro, un vaso, una botella de vodka y a modo de pisapapeles una pistola. Se escuchan ruidos que vienen de la habitación lindante. ahora del baño, ruidos de agua, de un grifo que se cierra. Ahora pasos que se acercan hacia la mesa. La cámara sigue fija. El cuerpo de Volodia entra como puede en escena, apenas un pedazo de su espalda sentado a la mesa. Prende un cigarrillo, se acomoda en la silla para poder escribir, con el antebrazo derecho corre las cosas, hace espacio, se derrama el poco contenido del vaso. Da una calada al cigarrillo, una pitada larga y profunda. Se lo ve sereno, tranquilo. Elige un papel, un buen papel, lo que va a escribir perdurará por siglos. El no lo intuye. Volodia fue Volodia y ahora será otro. Será uno distinto, sin sufrimiento. Valiente.

La cámara fija impide que se vea su rostro, apenas el perfil, sobre su hombro. Fija sobre el papel. La mano apretada sobre la lapicera.
Hoy Volodia estuvo llorando lo suficiente. Pensó y meditó largo lo que se dispone a escribir, solo tiene que reproducir en el papel cada una de las palabras que pensó. Ya no piensa en camaradas ni en Lilik. Recorrió su historia tirado en la cama. Recordó su temor a pincharse con alfileres, recordó su temor a pincharse como su padre que murió de septicemia. Recordó que después del entierro, solo le habían quedado tres rublos y recordó que casi instintivamente había vendido la mesa y las sillas. No había mucho para poner sobre ella. Recordó los enormes momentos de pasión con Lilik .
La cámara espera que comience a escribir.
Vladimir Maiacovski, el poeta de la revolución bolchevique escribe:

“A todos:
De mi muerte no se culpe a nadie. Y por favor, nada de murmuraciones. Al difunto le molestaban enormemente. Mamá, hermanas, camaradas, perdonadme. No es un método, no se lo aconsejo a nadie, pero no tengo otra salida. Lilik amamé. Camarada gobierno: mi familia se compone de Lilik Brik, mi madre y mis hermanas, si les haces la vida llevadera, gracias. Envíen los versos sin terminar a Lilik. Ella sabrá descifrarlos.
Como se dice el incidente ha terminado. La barca del amor se estrello contra la vulgaridad. Estoy en paz con la vida. Es inútil recordar dolores, desgracias y ofensas mutuas. Buena suerte.

Moscú, Abril 13 de 1930.

PD. : En serio, no hay nada que hacer. Pero decidle a Yermilov que lamento retirarme de la contienda. Tendría que haber discutido hasta el fin.”[1]

La cámara se aleja lentamente de la hoja, mientras Volodia apoya suavemente la lapicera, prende otro cigarrillo, se sirve un poco de vodka que baja de un solo trago corto y seco.
La cámara comienza un movimiento hasta tomar la cara de frente. Está sereno, descontracturado, la mirada perdida con la obscenidad de la tristeza. es sincero cuando desea buena suerte. Aun el “Lilik ámame” no es una condena. Está escrito como si dijera, perdoname, no me olvides, defendeme, no me abandones aunque esté muerto. Ahora igual que cuando estaba vivo, quiero seguir siendo el primero en tu conciencia.

La imagen se va opacando. Ahora resta solo el hecho, tiene que atravesar lo mas duro. Tiene que demostrar que aún es un bolchevique. Tiene que prepararse para la más ferviente jornada combativa. Recuerda los últimos versos de su amigo Serguei los repite a media lengua: “En esta vida donde no es nuevo morir, vivir tampoco es tan nuevo”.

La cámara ahora toma el cuerpo de Volodia, ya sin vida, un finísimo hilo de sangre le recorre el rostro, sale de un pequeño hueco de la sien, tardó mas de un día en enfrentar su último y pálido momento. El 14 de abril de 1930 se suicidó con un tiro en la cabeza. Su pistola solo tenía una bala, no había ningún amigo cerca. Él había reclamado cinco años antes, que ya no sucedieran más desgracias similares al suicidio de su amigo el poeta Serguie Esenin.

La imagen se oscurece y en la pantalla aparece la palabra fin.




[1] La carta es tomada casi textualmente de la que deja Vladimir Maiakovski antes de suicidarse